“No
nos falta valor para emprender ciertas cosas porque son difíciles, sino que son
difíciles porque nos falta valor para emprenderlas”
(SENECA).
Es una evidencia, con resultados desagradables para quien
no se percata de ello a tiempo, que vivimos en una situación de cambio acelerado
que no siempre beneficia a la persona. Las profesiones evolucionan. El cambio
tecnológico impone cambios en las funciones, lo cual hace que algunas
actividades sean desplazadas del catálogo profesional. Así, en la profesión
importan el presente y el futuro. El futuro potencia muchas profesiones y
cierra el paso a otras. Lo cual lleva a concluir que en la profesión el futuro
se perfila con las acciones de hoy. El progreso se apoya en potencialidades, que
han de ser cultivadas hoy para hacerlas realidad
mañana.
El profesional ha de sintonizar con los cambios que le
permitan afrontar nuevos horizontes, cambiantes muchas veces en la vida de
un hombre. Solamente sólidos conocimientos básicos —culturales y técnicos—
pueden soportar el cambio tecnológico. Toda situación de cambio reclama un
esfuerzo para poner al día conocimientos que sean cimiento de la actividad
profesional. El conocimiento aporta mayor adaptabilidad y facilita ascensos
o el cambio de actividad o de empresa. Los cambios en las tecnologías implican
también cambios en las aptitudes necesarias para el ejercicio de una actividad
profesional.
La aceleración de los tiempos exige un permanente ajuste
a los cambios producidos en las técnicas de trabajo. De ahí la necesaria
revisión periódica de ese proyecto de futuro que es la vida profesional. La
falta de equipamiento para el cambio incrementa la inseguridad en el puesto de
trabajo. Planear el futuro requiere esfuerzos en el presente: el futuro comienza
ahora. Las capacidades potenciales se pierden si no son
actualizadas.
Con relación a la organización de trabajo, el cambio
requiere una mayor preparación individual, más creatividad en los directivos,
saber trabajar en equipo y voluntad para conseguir objetivos. A su vez, la
capacidad de cambio en la empresa o de su adaptación a una competencia más
agresiva, se corresponde con la capacidad de promoción personal —y de promover a
otros— que tengan los hombres que componen la organización. El hombre forja el
cambio de la empresa.